nva orleáns

La mujer que habla

Posted in Uncategorized by miltonmahan on enero 29, 2012

Ella hablaba y hablaba, como si quisiera llegar rápido a contar una parte importante de su vida que debiésemos saber, pero que no podía contarla a buenas y primeras, antes divagaría todo lo que su imaginario lingüístico se pudiese estirar. Nos instruyó en conocer bien cada entonación de sus diferentes muletillas y cómo sutiles entusiasmos esporádicos en determinadas sílabas, sugerían distintas evocaciones en iguales vocablos.

El chofer la soportaba por ser hembra, a mi me enfermaba por todo lo mencionado hasta ahora. Aún así prestaba la mayor atención que podía y callaba, algo que tan forzosamente bien se hacer.

Durante los primeros segundos de mi llegada a la camioneta, mi presencia o les incomodaba o me daban espacio para que comenzara a interactuar el resto del camino con ellos, como sólo agradecí el gesto del conductor por salvarme de esa inhóspita carretera y más solo luego callé, ella se apresuró en llegar rápido a lo suyo mientras él le asentía a todo con humildes expresiones que a ratos no comprendía, pero que de todas formas por lo pintorescas me hacían gracia.

La mujer que hablaba, rápidamente reveló su edad, la cual me sorprendió y no quiero decir que no gratamente, ya que la juventud no tiene porque ser necesariamente un signo de virtud, aún así la sorpresa fue fuerte al enterarme que llevaba exigiéndole apenas veinte añitos a ese cuerpo al que yo le habría dado hartos más de haberme consultado la muchacha.

Le contaba entonces al chofer que trabajaba de enfermera en las localidades de V y de L. Que le gustaba más cuando la enviaban a V porque era más tranquilo y tenía menos trabajo, perezosa la niña, ya lo intuía yo. En cambio en L, decía ella, la gente era más loca. Que iban a ver al doctor por cualquier cosa, que un día le tocó atender a más de setenta personas ella sola y que apenas diez casos valían realmente la pena, que iban hasta cuando les dolía el pelo, que en cambio los de V van cuando realmente lo necesitan y no andan molestándola. De dolerme el pelo un día, pensé, también visitaría una urgencia, Dios si son tantos, y tan difíciles de hallar y enumerar ¡Cómo hacer para sanarlos a todos!

Que en año nuevo los de L enloquecieron tanto que tuvieron  que ir a recoger a uno, que se lo tragaba la playa. Como a ella ya no le gustaba el leseo (pero afirmaba, sin que nadie le consultase, que sí que era de su gusto en su época de estudiante) prefirió trabajar antes de andar lesiando con la gente loca de L. Que como L es tan pequeño se quedó sola en la enfermería y tenía sólo para abrazar al carabinero de la comisaría de al lado, a quien también lo habían dejado abandonado en esa fecha.

Ya se acababa la cuesta que me tenía medio mareado y comenzaba a ver letreros que anunciaban la pronta llegada al pueblito donde me alojaba. Ella también bajaba ahí, pero no tenía la menor intención de concluir prontamente su historia, determinación que valoré en ella. Sentí de pronto un aire cálido en la camioneta, la atracción muda que existía entre ambos era evidente. Del tema del año nuevo pasaron, con una velocidad admirable que yo jamás tendría con un recién conocido, al tema de los bailes. Que este año habían habido pocos en comparación a años anteriores, y él afirmaba que a lo menos en el verano tiene uno que tener uno de esos buenos, pero él no sabía guiar la conversación tan bien como ella. La mujer, antes de que siguiese con lo de los bailes, ya se estaba quejando del tamaño de su pieza, que era más grande en L pero que aún así prefería de la de V, pero que V era tan pequeño, que ojalá fuese más grande, etc, etc. Yo también era atrapado por la sencilla retórica de la muchacha y prefería sus intervenciones a las del hombre.

Y seguían así hablando y hablando, cambiando de tema aleatoriamente sin prestarse mayor atención. Todo era vago y sutil dentro de la camioneta, quizás se comunicaban en un nivel que desde el asiento trasero donde me encontraba no era capaz de captar. En un nivel en que el mensaje, el receptor, el emisor, el código y todos los demás procesos comunicativos parecían pasar inadvertidos. La joven y el hombre llevaban consigo una pequeña dicha ahí delante, dicha que les envidié por un momento y me hizo maldecirlos muy para mis adentros. Al mismo tiempo que maldecía les decía, como si ya fuesen uno, si me podían dejar en la esquina, que ahí quedaba bien. No estaba huyendo, de haberme invitado me habría ido con ellos feliz al baile donde se que no iban a terminar, honestamente le agradecí el gesto y le desee los mejores bienes y se me perdieron entre las casuchas aún semidestruidas del pueblo.

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